La Fundación para el Análisis, Estudio y Prevención de las Adicciones (AEPA) es una fundación de la Comunidad Valenciana de carácter preventivo, asistencial, deportivo, cultural, científico y sin animo de lucro, bajo la tutela del Protectorado que ejerce la Generalitat Valenciana.

La fundación tiene por objeto el impulso, la promoción y la ejecución de actividades formativas, deportivas, informativas, de prevención, de investigación, de atención y reintegración social, referidas todas ellas a las distintas conductas adictivas.

Como actividad propia de la fundación o en colaboración con entidades públicas se realiza la publicación de materiales que puedan ser utilizados por profesionales relacionados con el ámbito de las drogodependencias o bien la población general.

 

botellon

 

Entre los manuales editados hasta la fecha se encuentra Los padres frente al botellón. Guía práctica para una diversión sana de los hijos.

Estos son algunos de sus fragmentos:

Los padres frente al botellón. Guía práctica para una diversión sana de los hijos

El consumo de alcohol ha crecido de forma espectacular entre los adolescentes y jóvenes españoles en las últimas décadas, hasta convertirse en una conducta ampliamente generalizada entre estos grupos. De hecho, salir con los amigos y tomar copas son las actividades que más practican los jóvenes en sus momentos de ocio durante el fin de semana.

Cada fin de semana cientos de miles de adolescentes y jóvenes, de todas las edades y grupos sociales, ocupan las calles y los espacios públicos en un ritual que se prolonga hasta altas horas de la madrugada, ante la mirada indiferente o resignada del resto de ciudadanos que han acabado considerando estas escenas como algo natural.

Ante esta situación cabe hacerse algunas preguntas:

  • ¿Por qué los jóvenes consumen alcohol como lo hacen?
  • ¿Qué ha ocurrido en la sociedad española para que los hábitos de ocio de los jóvenes hayan sufrido una transformación tan profunda en los últimos años?
  • ¿Cómo han podido los consumos de alcohol y otras drogas convertirse en una actividad central en el ocio de los adolescentes?
  • ¿Ha cambiado tanto la mentalidad de los padres, sus valores y normas, para que éstos acaben aceptando que sus hijos adolescentes estén hasta altas horas de la madrugada los fines de semana ingiriendo alcohol y posiblemente otras drogas?
  • Y, quizás la más importante, ¿qué pueden hacer los padres ante una moda que parece inundar la cultura juvenil?

 

Los jóvenes y el alcohol ¿cómo y cuánto beben?


El consumo de bebidas alcohólicas, que ha sido siempre una conducta bastante extendida entre los varones adultos, sufrió una importante expansión a partir de los años ochenta, con la incorporación de nuevos grupos de consumidores como son las mujeres y los adolescentes, que hasta entonces se habían mantenido al margen. De este modo, el uso del alcohol creció notablemente en nuestro país, comenzando a tener una presencia muy importante en colectivos, como los adolescentes y jóvenes, que son muy vulnerables a sus efectos.

Inicialmente, el consumo de alcohol y de otras drogas que realizaban los jóvenes se enmarcaba en las nuevas corrientes culturales que aparecieron en Europa, de manera que el uso de estas sustancias se limitaba a determinados grupos juveniles que participaban de la ‘movida’, para quienes los consumos actuaban como una forma de expresión de la identidad grupal, de identificación con determinados valores sociales o de rechazo del orden social establecido. Pero la situación ha cambiado radicalmente en la última década, hasta convertirse en un fenómeno de masas. El consumo de alcohol ha dejado de ser exclusivo de un determinado grupo social, generalizándose entre los jóvenes.

El consumo de bebidas alcohólicas entre los jóvenes tiene unas características peculiares, entre las que destacan:

  • Los consumos se concentran en el fin de semana y principalmente durante la noche.
  • Se realizan en grupo y en espacios o lugares públicos (en la calle, bares, pubs o discotecas).
  • Se ingieren importantes cantidades de alcohol en un corto período de tiempo buscando deliberadamente ‘pillar el punto’, cuando no directamente emborracharse.
  • El consumo se compatibiliza con el desarrollo de las actividades habituales de su edad (estudiar, trabajar, etc.)

Hay que destacar que no solo ha cambiado la forma de relacionarse de los jóvenes con el alcohol respecto a cómo lo hacen los adultos, que suelen beber de forma regular a lo largo de toda la semana y en torno las comidas y determinados acontecimientos sociales, sino que, además, se ha intensificado el tiempo que dedican a la fiesta y al ritual del ‘botellón’. Para muchos adolescentes y jóvenes el horario de la fiesta se ha ido prolongando hasta romper el límite de la madrugada, incrementándose el tiempo dedicado a ingerir mayores cantidades de alcohol. Basta un dato para ilustrar este fenómeno: más de la mitad de los estudiantes de secundaria de 14 a 18 años (56 %) regresan a casa los fines de semana a partir de las dos de la madrugada y uno de cada diez lo hace a la mañana siguiente.

 

¿Por qué consumen alcohol los adolescentes y jóvenes?


Cuando se les pregunta a los adolescentes y jóvenes las razones por las cuales consumen alcohol se obtienen respuestas como estas:

  • Porque les gusta el sabor.
  • Por diversión o placer.
  • Para olvidar los problemas personales.
  • Para sentir emociones nuevas.
  • Para superar la timidez o los problemas para relacionarse con los demás.

Resulta evidente que el consumo de alcohol se asocia mayoritariamente con motivaciones de carácter lúdico, con la diversión y con los procesos de integración y aceptación en el grupo. Pero existe un importante número de adolescentes que afirma beber para evadirse de los problemas o superar las dificultades para relacionarse con los demás, motivaciones que nada tienen que ver con la fiesta.

La adolescencia ha sido siempre una etapa difícil en la evolución de las personas, un momento de transición, de búsqueda de la identidad personal, en la que se deja de ser niño y no se es todavía adulto, una etapa de incorformismo, de rechazo a muchas de las normas y a los valores de los adultos, una etapa de constantes retos, en la que rápidamente se incorporan valores, hábitos de conducta y en la que se tienen que afrontar nuevas situaciones y responsabilidades.

Del análisis de los conflictos que los adolescentes mantienen con el entorno social y de sus necesidades personales surgen otras motivaciones más profundas que nos ayudan a explicar las razones por las cuales consumen alcohol:

  • El consumo de alcohol pasa a ser una forma de evasión. El fin de semana es el tiempo del verdadero ocio, de contraposición al resto de las tareas que se realizan con carácter obligatorio (estudiar, trabajar, etc.) y es vivido como un espacio de liberación del control que ejerce la familia o la escuela, en el cual, el consumo de alcohol contribuye a la evasión de las responsabilidades y obligaciones cotidianas.
  • El consumo de alcohol actúa como un elemento de integración grupal. Muchos adolescentes beben porque lo hacen los demás miembros del grupo. En la adolescencia el grupo tiene una gran importancia como espacio de socialización (en él se interiorizan valores, se incorporan hábitos, se aprende a relacionarse con los demás… ). En los espacios de ocio se fortalecen los procesos de pertenencia, de vinculación y aceptación por el grupo de iguales y el consumo de bebidas alcohólicas pasa a ser una conducta del grupo que actúa reforzando la integración en el mismo.
  • El consumo de alcohol en las noches de los fines de semana, rodeados de otros jóvenes, facilita el distanciamiento del mundo de los adultos. Los jóvenes necesitan espacios propios de encuentro con otros jóvenes  y la ocupación de la calle en los fines de semana y el ritual del ‘botellón’ les sirve para delimitar que ese es su ‘territorio’ y que en él los adultos no tienen cabida.
  • El alcohol actúa como desinhibidor, ayudando a las personas más tímidas y retraídas a relacionarse con sus iguales. Los jóvenes tienen una serie de necesidades que cubrir (relacionarse y comunicarse con los demás, expresar sus sentimientos y afectos, desarrollar su sexualidad, etc.) y creen que el alcohol puede ayudarles a satisfacerlas.
  • El consumo de alcohol se ha convertido en un aspecto clave de la cultura del ocio de los jóvenes, en un fenómeno de moda. La ingesta de bebidas alcohólicas con una finalidad recreativa tiene una importante dimensión económica y ha pasado a ocupar una posición relevante en las ofertas de ocio juvenil (cerca del 60 % del dinero para gastos personales que reciben los jóvenes se destina al consumo de alcohol). Consumir alcohol los fines de semana está de moda, gracias a una intensa actividad publicitaria, y muchos adolescentes y jóvenes no pueden sustraerse de la misma. No salir de madrugada, no beber, puede significar, para muchos adolescentes, estar al margen de lo que se lleva.

 

La posición de los padres


La posición de los padres frente a los consumos de alcohol de sus hijos lleva implícita, habitualmente, numerosas contradicciones:

  • Un alto porcentaje de padres son bebedores, lo que les limita para abordar de forma coherente los riesgos inherentes al consumo de alcohol.
  • Existe en general una actitud social tolerante frente a la ingesta de bebidas alcohólicas. Muchos padres piensan que el consumo de alcohol no acarrea demasiados problemas (“todos hemos bebido de jóvenes y no nos ha pasado nada”). A muchos padres no les preocupa tanto que sus hijos beban o que se emborrachen, como algunos efectos asociados (las peleas, los accidentes, etc.). De hecho, sólo una minoría de los adolescentes (20 %) percibe una actitud por parte de sus padres de prohibición absoluta de consumir alcohol.
  • Hay cierta tendencia a pensar que los problemas los tienen o los provocan los otros: “mi hijo es un buen chico, no hay nada de malo en que se divierta; lo malo es cuando se junta tanta gente”.
  • La presión social y las modas también influyen en los padres: en ocasiones los padres temen imponer normas que hagan a sus hijos diferentes (“no me parece bien lo que hacen, pero como salen todos sus amigos no quiero que parezca un bicho raro”) o que les hagan aparecer a ellos como personas autoritarias.
  • Muestran una actitud permisiva ante su falta de decisión para afrontar el problema: “que tengan lo que nosotros no tuvimos (libertad, dinero…), no hay nada de malo en que se diviertan”.

Los padres son muchas veces conscientes de los problemas que tanto a nivel social (ruidos, atascos, suciedad) como doméstico (noches de vigilia paterna, cambios en los horarios de ciertas actividades familiares) provoca la cultura del ‘botellón’, pero se dicen que al fin y al cabo son sus propios hijos y que difícilmente pueden ejercer presión social para buscar una solución al fenómeno si no están en condiciones de manejar el problema en su propia casa.

  • Muchos padres son conscientes de que no les dedican a sus hijos el tiempo suficiente para interesarse por su vida cotidiana e intentan suplirlo con otro tipo de atenciones (dinero, excesiva flexibilidad en las normas, etc).
  • Algunos padres delegan su responsabilidad en la educación de sus hijos y exigen a otras instituciones (la escuela, la policía, etc.) que resuelvan el problema. Padres, que se muestran incapaces de imponer un horario razonable a sus hijos cuando salen de casa o de evitar que tomen bebidas alcohólicas, pretenden que el ayuntamiento o la policía controlen un fenómeno de masas como el del ‘botellón’.
  • Existe una importante crisis en los modelos educativos, de manera que muchos padres no saben cómo educar a sus hijos: el modelo en el que fueron educados por sus padres les parece inadecuado por su carácter autoritario, mientras que se debaten entre un estilo educativo democrático (todo se decide entre todos, la opinión de los hijos tiene el mismo peso que la de los padres) o el ‘dejar hacer’, caracterizado por la ausencia de normas.

Estas contradicciones que afectan a los padres son el fruto de los profundos e intensos cambios que ha sufrido la sociedad española. Los padres están sometidos a muchas de las contradicciones y tensiones que viven sus propios hijos y con cierta frecuencia se sienten desorientados acerca de cómo actuar, pero cabe preguntarse si no estaremos contribuyendo, desde la pasividad, a legitimar algunas conductas muy poco saludables en nuestros hijos.

Pongamos un ejemplo. Algunos padres, ante el temor de que sus hijos regresen solos a casa a altas horas de la madrugada o de que pudieran sufrir algún accidente, optan por actuar como taxistas, una conducta que sin duda les deja más tranquilos y, evidentemente, contribuye a prevenir algunos problemas, pero ¿no sirve, de hecho, para que sus hijos continúen saliendo y bebiendo hasta altas horas de la madrugada? ¿No sería más lógico que, si los padres estiman que esa conducta comporta riesgos elevados, la prohibieran?

 

Sobre el oficio de ser padres


No existe un único modelo o estilo educativo, sino que cada familia utiliza unos mecanismos a través de los cuales se resuelven las situaciones de la vida cotidiana. Los estilos educativos paternos tienen una enorme influencia en las relaciones que se establecen entre los diferentes miembros de la familia, influyendo en la capacidad de los hijos para madurar adecuadamente, afectando a sus niveles de autonomía personal y a su capacidad para poder tomar decisiones eficaces ante los problemas que se les puedan plantear.

Habitualmente se diferencian tres grandes modelos educativos:

  • El modelo autoritario, caracterizado por la imposición de normas rígidas por parte de los padres, por el constante control de las actividades de los hijos y por el uso frecuente de los castigos cuando las normas no se cumplen. Este estilo educativo se asocia con la falta de diálogo y comunicación y con un clima familiar tenso, con escasas manifestaciones de afectividad entre los miembros de la familia e importantes carencias en la maduración personal de sus hijos, que no están habituados a expresar y defender sus opiniones o a tomar decisiones por sí mismos.
  • El modelo ‘dejar hacer’ (laissez-faire), caracterizado por la falta de sistematización y coherencia en las normas y la organización familiar, por la ausencia de normas y pautas de conducta y de un apoyo y seguimiento sistemático de los hijos. Los padres se muestran incapaces de responder a los retos de la vida cotidiana y de la educación de los hijos. La inseguridad y la incertidumbre dominan las relaciones familiares.
  • El modelo de apoyo, caracterizado por la existencia de una actitud sensible hacia las necesidades cambiantes de los hijos en sus diferentes etapas y de normas que regulen la convivencia que han sido dialogadas con los hijos. Se utiliza más el refuerzo y la motivación que el castigo. El clima familiar es relajado, con diálogo y muestras de afectividad entre sus miembros. Este modelo favorece la asunción de responsabilidades propias por los hijos y potencia aptitudes para que puedan afrontar los problemas cotidianos.

Resulta evidente que el modelo educativo de apoyo es mucho más efectivo para culminar con éxito el papel de educadores que tienen encomendados los padres. Pero debe tenerse en cuenta que, incluso cuando se mantiene un estilo educativo basado en el diálogo y apoyo a los hijos, es imprescindible que los padres asuman la autoridad que tienen sobre ellos, aunque ésta se entienda más desde el acompañamiento que desde la imposición. Los padres deben tener muy presente que educar lleva implícito poner límites. De hecho, los hijos demandan o esperan de los padres que actúen como tales, que fijen normas, pautas que orienten sus vidas por más que, como es natural, se encarguen de discutirlas o de intentar transgredirlas. El establecimiento de normas, de límites, es pues una función inherente al rol educador de los padres. De forma natural y desde la infancia los padres van señalando a los hijos qué pueden y qué no pueden hacer para lograr el mayor bienestar posible. De la misma manera que a un niño pequeño se le enseña que debe irse a la cama para que descanse, corresponde a los padres establecer normas que eviten que aparezcan consecuencias negativas asociadas a conductas como el abuso del alcohol (una borrachera, un accidente, una pelea, etc.) o que les impidan que al día siguiente puedan practicar deporte, comer con su familia o, simplemente, estar descansados para enfrentar una semana de estudio o trabajo en unas condiciones razonables.

Por definición, el ejercicio de la autoridad paterna lleva implícita las críticas y los desacuerdos continuos con los hijos. Las decisiones adoptadas por los padres serán cuestionadas sistemáticamente por los hijos. Es por tanto necesario, además de armarse de paciencia, no olvidar que en la familia cada persona tiene un rol diferente, y que a los padres les corresponde actuar como tales, por más que algunas de sus decisiones no sean muy populares o bien acogidas, y a los hijos actuar como hijos, mostrando rebeldía, intentando cuestionar o modificar las normas, queriendo experimentar nuevas sensaciones a la vez que desean la protección y la seguridad familiar, siendo, en suma, cambiantes, contradictorios y, a su manera, buena gente. De hecho, la ausencia de roles claros y de normas familiares suele ser una fuente habitual de problemas, tanto familiares como sociales. Debemos saber que, aunque no lo expresan, los adolescentes esperan de los padres que actúen como tales, puesto que discusiones y conflictos aparte, la existencia de ciertas normas y pautas de actuación les da seguridad y facilita su adaptación social.

 

¿Qué papel, como padre, crees que tienes respecto al consumo de alcohol de tus hijos? ¿Estás de acuerdo con lo que nos plantea Lorenzo Sánchez en su guía? ¿Eres adolescente? ¿Recibes en tu familia consejos sobre el uso indebido del alcohol? El espacio de debate, un poquito más abajo. Tu opinión hace Médico Internista.

 

¿Por qué este audio?

La canción de los (buenos) borrachos… de Joaquín Sabina con Fito Páez.

Y el milagro del abecedario,
la tortuga que rompe a volar,
la ternura de los dinosaurios,
el aniversario de la soledad.
La liturgia de las despedidas
la bala perdida que viene por mí,
la nostalgia que amarga la huida,
la banda sonora de lo que viví.

La canción de los buenos
borrachos
que, de madrugada,
vuelven al hogar,
la canción que atropella los tachos
llenos de basura de la Capital.

La canción que se canta al oido,
la canción que no quieres oir,
la cantamos los malos maridos
cuando, en el olvido,
pensamos en ti.

Esta información está proporcionada por medicointernista.es y no es su intención reemplazar el consejo del médico o del profesional de la salud. Por favor, consulte a su médico sobre cualquier condición médica específica. Última modificación: 12 de marzo de 2015 a las 23:27 h.

 

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