En la relación médico-paciente, a menudo se producen tansferencias emocionales.

bailarina

 

Pero las transferencias emocionales no solo son del paciente hacia el médico. Cuando un médico se encuentra identificado con un paciente, bien por el problema que los ha puesto en contacto, bien por la vida paralela que están llevando, el médico, como persona, se encuentra en la tesitura de saltarse la frontera que los separa y compartir con el propio paciente su experiencia. Puede darse el caso, incluso, de que se intercambien los papeles, y en ese preciso momento, sin saber cómo ha ocurrido, sea el paciente el que esté escuchando activamente la descarga del profesional.

 

¿Dónde está el límite? ¿Es lícito que eso ocurra? ¿Debemos, los profesionales, mantener nuestra coraza en todas esas situaciones que nos encontramos?

 

Traigo aquí la traducción de un artículo recientemente publicado en The New England Journal of Medicine, sobre la ética de mantener la privacidad del médico en su relación con el paciente.

N Engl J Med 2014; 371:8-9 July 3, 2014 DOI: 10.1056/NEJMp1404119

«- Siguiente caso – y leo en la interconsulta –  mujer de 14 años, a descartar enfermedad inflamatoria intestinal, agradecería colonoscopia.

Como persona, la paciente es valiente, atrevida y llena de alegría el día de trabajo. Sueña con ser una bailarina profesional y ser un punto brillante bajo los focos. Sin embargo, su aspecto muestra una palidez fantasmal después de meses de diarrea con sangre. Tras responder a nuestras preguntas, nos dice que el hospital no es un lugar tan malo, de no ser por la preparación que ha tenido que hacer para realizarse la prueba.

Verla es un doloroso recordatorio. Estoy recientemente operada. En mi propia interconsulta se leía:

– Mujer, 30 años, dolor y síndrome de respuesta inflamatoria sistémica.

Después de múltiples procedimientos quirúrgicos vi al gastroenterólogo, quien, un mes después y tras varios litros de preparación para la colonoscopia, me informó:

– Parece bastante normal. Sin embargo, voy a realizarte una biopsia ya que tu caso es raro. Podría ser la enfermedad de Crohn.

Y espero en el purgatorio del diagnóstico el informe del patólogo.

Pero el caso de esta paciente está más claro:

– Caso de libro – comenta mi compañero desde el quirófano. –  Está en la sala de reanimación. Enseguida se despierta.

Poco después se está despertando, hambrienta. Mientras devora las alitas de pollo pregunta:

–  Así qué, ¿qué pasa?

Las lágrimas brotan en mis ojos conforme le digo la verdad, la primera píldora amarga que tendrá que asumir. La colonoscopia era anormal, y no es el final, como ella había esperado, sino el principio de otros sinsabores. Las lágrimas fluyen por mis mejillas; me detengo y le pido disculpas, bromeando acerca de lo sentimental que me he vuelto. Ella se ríe cortésmente, está llorando también, secándose los ojos y  la nariz con las manos.

Estas son las pequeñas muertes que vienen con la enfermedad: la muerte de la propia imagen (ya no estamos «previamente sanos»), la muerte de la dignidad (nuestros hábitos deposicionales y las características de los mismos son un blanco legítimo para la discusión abierta). Aquí, tanto la paciente como yo misma, estamos viviendo estas pequeñas muertes, cercanas, aunque muy distanciadas.

El llanto de la paciente acaba en sollozos. Toco su brazo, tratando de calmarla y decirle que aunque el panorama parezca sombrío, las cosas van a mejorar.

– ¡Usted no lo entiende!- me dice, ahogándose entre sus lágrimas.

En este momento, estoy atrapada. ¿Debo decirle que el abismo entre nosotras no es en realidad tan vasto?

¿Qué debe hacer un buen médico? Hipócrates no ofreció ninguna orientación sobre la ética de la privacidad personal. ¿Debe un médico romper su coraza y exponerse abiertamente ante un paciente? Estos momentos, que pueden resultar habituales, cuando la vida de nadie pende de un hilo, pueden atormentarnos indolentemente. En sí mismo, el acto de la divulgación no es difícil, pero el intercambio de experiencias personales expone tanto nuestros prejuicios como nuestra vulnerabilidad, que pueden dejar de estar social, profesional o emocionalmente seguros. Y debido, en parte, a que estos factores pueden influir profundamente en nuestra perspectiva, la confesión a un paciente resulta algo complejo.

En la facultad de medicina y durante nuestro desarrollo profesional, aprendemos a moderar nuestra personalidad, nuestra forma de vestir, nuestro propio ser, tratando de lavar los sesgos que pudieran perjudicar nuestra capacidad de atender a los pacientes. Atrás han quedado las cruces, la joyería llamativa y los botones políticos; en su lugar podemos colocar cintas de colores brillantes que secunden una causa. Para mantener la profesionalidad, se nos dice.

Sin embargo, se nos permite eliminar nuestra individualidad hasta el punto de parecer fríos, casi estériles. Los pacientes no quieren autómatas;  quieren que los médicos los conozcan, que los traten como amigos o vecinos. Esta humanidad forma parte del desarrollo de la relación médico-paciente que se acaba de establecer.

Pocos médicos o especialistas en ética no estarían de acuerdo en que realizar pequeñas confidencias, como la del doctor que le cuenta a un joven paciente la identidad de su superhéroe favorito, es positivo. Pero cuando los pacientes nos piden nuestros puntos de vista políticos o quieren que recemos con ellos, a menudo se abre la duda, y nos preguntamos sobre cuál es, realmente, nuestra función. Más espinosa aún es la cuestión si los pacientes nos solicitan amistad en Facebook ¿Dónde trazamos la línea?

Los psicólogos llaman a estos límites las líneas frontera y aunque algunos médicos tengan poca entereza para hablar de ello, es esencial reconocer los límites adecuados de la privacidad personal. A veces, cuando las fronteras se han cruzado y los sentimientos han sido heridos, es imposible volver atrás. Añadidas al desequilibrio inherente a la relación médico-paciente, las declaraciones personales se hace aún más peligrosas. Los pacientes nos cuentan sus secretos íntimos, y eso le ayuda a superar algunos de los peores momentos de sus vidas. Pero ellos no son nuestros amigos o confidentes. Cuando se trata de problemas y de necesidades médicos, no somos sus iguales.

Y el efecto que esta relación produce no es unidireccional. Los facultativos, a menudo, se toman la mala evolución de la enfermedad y la falta de cumplimiento terapéutico de los pacientes como fracasos personales. Nuestro trabajo no acaba cuando salimos del centro; nos llevamos nuestras preocupaciones a nuestro hogar, abrazando con ellas a nuestras familias en los días malos. Para bien o para mal, también llevamos nuestras preocupaciones a la cabecera del paciente. En una relación tan compleja, ¿qué beneficio puede proporcionar la revelación personal?

La experiencia de la enfermedad produce aislamiento. Cuando llegamos a estar gravemente enfermos nuestra identidad se puede transformar radicalmente. La enfermedad nos puede convertir en «víctimas» o en «supervivientes», convirtiéndose insidiosamente en una característica definitoria inoportuna. Y a pesar del apoyo de familiares y amigos, a menudo circulamos por la carretera solitaria de la incertidumbre y el sufrimiento. Como era de esperar, los pacientes buscan en otros la compasión y la compañía, en los blogs, o a través de los grupos de apoyo. Por nuestra parte, nosotros, los médicos, podemos elegir nuestra profesión motivados por las experiencias personales, que nos van a dar la fuerza para convertirnos en poderosos defensores de los pacientes. La revelación de nuestra experiencia personal con la enfermedad nos podría conectar a nuestros pacientes; los pacientes son capaces de  formar fuertes alianzas terapéuticas con los médicos que entienden personalmente sus situaciones.

Aunque los avances de la medicina moderna puede hacer que lo imposible parezca posible, la capacidad de curación sigue siendo finita y los médicos tienen limitaciones. La divulgación de nuestras vulnerabilidad cambia la forma en que los pacientes nos ven; reconocer nuestras limitaciones puede ayudarles a reconocer las suyas.

Sin embargo, debido a la importancia de las decisiones de los pacientes, del riesgo de influenciar y el desequilibrio de poder en nuestra relación con ellos, debemos aproximarnos a la confidencia personal cuidadosamente. Al pensar en la posibilidad de realizar una revelación personal, debemos reconsiderar nuestras intenciones. Debemos hacernos preguntas tan simples como: ¿Cuál es mi propósito con esta confidencia? ¿Cómo podría beneficiar a mi paciente? ¿Podría afectar nuestra relación? Y responder con sinceridad nos ayudará a sopesar los riesgos y los beneficios en el contexto de la relación médico-paciente en particular.

Cuando pienso, siguiendo estas consideraciones, en la chica con la enfermedad inflamatoria intestinal, decido que, ahora, los riesgos son demasiado grandes. Mis motivos en este momento no son completamente altruistas. Durante varios meses he estado pasando por este doloroso secreto, intensamente personal, y aquí tengo frente a mi, la oportunidad del desahogo. Incluso a pesar del cariño de mi familia y de amigos me siento sola. Anhelo un confidente, alguien que entienda donde estoy y donde he estado. A pesar de que únicamente voy buscando una pequeña parte de mi propia satisfacción, la revelación confidencial a la paciente es inadecuada y egoísta. Además, la paciente no está buscando esta respuesta en este momento. Ella está expresando la tristeza existencial sobre su enfermedad. La revelación de mi enfermedad, ahora, le haría disminuir la importancia de su propio duelo. Ella solo está empezando a hacer frente a su propio diagnóstico y no puede soportar el sufrimiento de otro. Para apoyarla tengo que darle tiempo y espacio.

– Lamento que estés pasando por esto – le digo, y entonces me disculpo.

El equipo vuelve más tarde con una lista de celebridades con enfermedad inflamatoria intestinal y, en tono de broma, le dicen que hay que añadir a esa lista su nombre como futura bailarina profesional. Ese día, ella comienza el tratamiento con una fortaleza inusual para su edad. Sus padres sospechan la verdad acerca de mi condición, o una parte de ella, me imagino, y me lo agradecen con abrazos y lágrimas cuando su hija es dada de alta hospitalaria. Conteniendo mis propias lágrimas, les respondo:

– El privilegio fue mío.»

Kelly A. Curran, M.D.

 

¿Qué os parece? ¿Habéis vivido una situación parecida?

 

¿Por qué este audio?

Las Suites para orquesta, BWV 1066-1069 (llamadas overtures por su autor) son cuatro piezas de Johann Sebastian Bach, compuestas probablemente entre 1725 y 1739 en Leipzig. Los estudiosos creen que Bach no concibió las cuatro Suites para orquesta como un conjunto, en la forma en que concibe los Conciertos de Brandeburgo, puesto que las fuentes son diversas.

En la Suite Orquestal Nº 3 En Re Mayor BWV 1068 la fuente es un conjunto de piezas de 1730 parcialmente autógrafo. J.S. Bach escribió las primeras partes de violín y continuo, C.P.E. Bach escribió las partes de trompeta, oboe y timbales, mientras que el alumno de J.S. Bach Johann Ludwig Krebs escribió las partes de los violines II y de viola. 

Aire es una de las piezas más famosas de la música barroca. 

 

Esta información está proporcionada por medicointernista.es y no es su intención reemplazar el consejo del médico o del profesional de la salud. Por favor, consulte a su médico sobre cualquier condición médica específica. Última modificación: 2 de diciembre de 2014 a las 18:12 h.

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